
por Alcibiades González Delvalle
Para obsequiar en estas fiestas, los libros paraguayos recomendados por nuestro diario son algunos de los mejores de todos los tiempos. Leerlos es disfrutar al mismo tiempo de enriquecer el conocimiento. Desde siempre, un regalo tal es prueba de sensibilidad, delicadeza e inteligencia. No importa qué libro. Decía Cervantes que no hay libro, por malo que fuere, que no tenga algo bueno. Mario Halley Mora había tenido la inspiración de pedir que en cada canasta de Navidad se cargase también un libro paraguayo. No sería mala compañía las novelas de Roa Bastos para una botella de güisqui; o los poemas de Elvio Romero para un cajón de vino.
En la colección Biblioteca Universal de la Editorial Océano, leemos en el portal de cada obra este párrafo: “Un gran pensador inglés dijo que la verdadera universidad hoy día son los libros, y esta verdad, a pesar del desarrollo que modernamente han tenido las instituciones docentes, es en la actualidad más cierta que nunca. Nada aprende mejor el hombre que lo que aprende por sí mismo, lo que le exige un esfuerzo personal de búsqueda y de asimilación; y si los maestros sirven de guías y orientadores, las fuentes perennes del conocimiento están en los libros”.
Como el nuestro es un país de paradojas, mientras se busca la promoción de los libros paraguayos como expresión de nuestra cultura y de nuestro aprendizaje, hay instituciones del Estado dedicadas, con extraño afán, a destruir esa cultura representada, esta vez, nada menos que por la Biblioteca Nacional que por décadas vivía de remiendos. Ahora ni eso. Le arrancaron los últimos flecos que aún disimulaban su fea desnudez.No hace falta abundar en la importancia de la Biblioteca Nacional, de su rico contenido bibliográfico, de una hemeroteca que guarda la historia apasionada y apasionante de nuestro periodismo. De acuerdo con un “comunicado” de la Asociación de Bibliotecarios Graduados del Paraguay, hubo un significativo recorte en el presupuesto de la Biblioteca Nacional para el año entrante.
La directora, Zayda Caballero, fue a su casa en silencio. Renunció después de trabajar gratuitamente desde agosto, pues no hay rubro para su cargo. La desgracia, entonces, es doble: Sin presupuesto y sin una profesional de la talla de Zayda que fue un lujo para la Biblioteca Municipal y luego para la Biblioteca Nacional. Cuesta entender –salvo desde la supina ignorancia de quienes distribuyen el dinero público– que se deje una Biblioteca Nacional sin rubros y sin personal que la prestigie y trabaje por su recuperación –como lo estaba haciendo Zayda, sacrificadamente– para situarla después entre las instituciones culturales de renombre.
Los bibliotecarios graduados expresan, igualmente, esta verdad irrefutable: “Como ya se ha demostrado en diferentes gobiernos, los procesos atacan sistemática y concienzudamente a todo organismo relacionado con la cultura y la memoria de un país. Las prioridades de nuestras autoridades parlamentarias van por otro lado y han dejado de lado, como siempre y con poca visión de estadistas, a la cultura”. Es imposible tener visión de estadistas –ni de nada provechoso– desde la oscuridad del analfabetismo funcional. Destruir una institución cultural nada les dice, ni se dan cuenta del mal que causan al país. Son como esas personas que tiran basura a sus pasos. Lo hacen sin percatarse de su mala acción, sin propósito destructivo alguno. Son peligrosamente puras e inocentes. Y además tenemos que perdonarlas porque no saben lo que hacen. Para ellas la cultura no es de este mundo.
En su “comunicado”, la Asociación de Bibliotecarios hace un llamado “a toda la comunidad cultural, educativa, intelectual, en fin, a todo ciudadano paraguayo a manifestarse por los medios de comunicación, porque la Biblioteca Nacional es una cuestión que debe interesar y preocupar a toda la población paraguaya”. A toda la población, menos a los parlamentarios que están muy ocupados en otros intereses y en otras preocupaciones. “Salvemos la Biblioteca Nacional” sería una buena leyenda para reunir a personas e instituciones con deseos de evitar que la Biblioteca Nacional continúe agonizando, pero no mediante la búsqueda de oxígeno fuera de las entidades públicas.
Las autoridades nacionales tienen que asumir su obligación de atender la cultura. Les resulta demasiado cómodo que la ciudadanía corra de un lado a otro para conseguir unos pesos que permitan algún respiro, como en este caso, a la Biblioteca Nacional, mientras esas mismas autoridades no hacen otra cosa que despilfarrar el dinero público en proyectos innecesarios o corruptos. Zayda Caballero tiene que regresar como directora de la Biblioteca Nacional y esta vez con un sueldo acorde con la responsabilidad de manejar una institución cultural que pide a gritos salir de la postración. Y también al resto del personal que, a más de ganar casi nada, tienen que sacar dinero de sus bolsillos para comprar hasta lápices.
Mientras tanto, nos queda la grata posibilidad de elegir un libro paraguayo para obsequiar a las personas de nuestro afecto.
Extraído de: www.abc.com.py/abc/nota/58515--La-Biblioteca-Nacional-agoniza/
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